BOBA
La conocí en un taller. Me dijo que se llamaba Boba. Así. No Beba, sino Boba. Siempre le habían dicho eso desde niña y tenía como 25 años muy bien distribuidos en un cuerpo largo y sin excesos.
“Todos me dicen Boba, porque no entiendo un carajo de nada. Te escucho en el taller y no capto nada. ¿Entendés ahora por qué te digo?”
Comprendí que tenía ascendencia argentina y callé. ¿Qué podía decirle? Que yo tampoco sabía un carajo qué enseñar. Que cada noche era un tormento para mí, excepto cuando se me soltaba la lengua y hablaba de mis experiencias. Entonces la veía y Boba disfrutaba de lo que decía.
Quizá por eso terminamos acostándonos. Yo no soy un campeón. Quizá nunca hice bien el amor. Pero Boba da placer, no tiene conciencia de recibirlo. O quizá, pero no lo festeja. Se arrimó a mí, cariñosa, y me susurró al oído: “¿Ahora entendés por qué me dicen Boba? Porque quizá no hay nadie en el mundo más gordo y más feo que tú, y sin embargo te disfruto”.
Al día siguiente, en el taller, no me sentí natural. Visiblemente hablaba huevadas y ellos escuchaban visiones. Boba me reprochaba con el gesto la impostura, y cuando nos quedamos a solas se quejó de que no fuera tan espontáneo como al principio. “Yo seré una boba pero vos sos un tarado. ¿Entendés? , resumió. En tus primeras clases sentí que me hablaba un hombre ingenuo, casi un cojudo, pero que tenía oficio. Te amé de inmediato y calculé cómo podía acostarme con esa masa de años y kilos. Tu hijo, el dueño del restaurante, me alivió la decisión, porque es muy lindo. Quizá fuiste así cuando joven, o quizá no, porque gente como tú siempre fueron feos. Pero igual me animé y me hice la encontradiza.”
Es verdad. Yo salía azorado de uno de los talleres, convencido de no haber enseñado nada y del desengaño manifiesto de la mayoría de mis alumnos, cuando Boba me esperaba, y yo, en la confusión, me despedí de ella. Pero Boba me dijo: “¿No se le secó la garganta? Quizá yo tenga un vintén en el bolsillo para invitarle un trago”.
Yo no pago en el Restaurante de mi hijo. Cuando se inició, quise ayudarlo llevándole gente con el pretexto de los talleres. Jamás pensé que fueran nada serio. Al contrario, siempre los consideré una impostura. Tuve alumnos de todas las edades: viejos que me admiraban, y yo no sabía por qué; jóvenes que me habían leído en el colegio; gente que sabía muy bien lo que hacía y no necesitaba ningún taller. En fin: jóvenes que aumentaban mi desasosiego y mi sensación de impostura. Pero de pronto conocí una mujer bella que se quedó a esperarme al final de un taller y me dijo que se llamaba Boba. Boba, no Beba. Y ahí comencé a entender qué putas pretendía yo enseñando en el taller.
Boba me dijo, después de que yo le hiciera, mal, el amor, que se había inscrito en mi taller por pura curiosidad, y que estaba desilusionada, y al mismo tiempo encantada. Yo no le había definido el destino; el taller no la había orientado. Hacía una carrera; quizá se inscribiría nomás en Ingeniería de Alimentos, como querían sus padres, pero no sabía por qué putas asistía a mis talleres. Tampoco le costaban mucho, pues cobro cien bolivianos por mes, es decir, nada, ni tanto que los haga pobres ni tanto que me haga rico.
Cada vez que la miraba entre los talleristas, me sentía captado por ella. A medida que transcurría la clase, sentía que me dirigía sólo a ella. Descuidaba al resto, pero me importaba un comino. Al final, no ganaba mucho y me había acostumbrado a ser pobre. Pero sólo me dirigía a ella.
Me lo dijo una vez que acabamos en la cama. Que me dirigiera a todos y no sólo a ella. Que la gente se daba cuenta de nuestra atracción. Que no valía la pena sentirse enamorado de una mujer que se llamaba Boba.
La comí a besos. La verdad, era exquisita. Pocas veces, quizá nunca, conocí a una mujer tan deliciosa como Boba.
Recuerdo que la torturé para que me mostrara sus trabajos. Le exigí de todas las formas posibles. Pero nunca me aflojó ni una sola hoja. En puridad, yo diría que tal vez era analfabeta, que nunca, en su puta vida, había escrito una letra. Pero durante una siesta que compartimos, me dijo algo que sólo podría decirlo alguien distinto a mí, un poeta. Me dijo:
“Los pájaros no escriben. Los árboles no escriben. El viento no escribe”.
FIN
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EN
Vayan unas palabras para mis amigos de ultramar en la voz de Carmen Pereira, valerosa gallega que nos dejó una morriña incurable, pues no olvidamos su mayor lección: que la política es también amor, ternura, solidaridad, pasión y espíritu bravío para defender a los humildes.
Nada podría ser menos ajeno a mi corazón que la suerte de Raquelita, porque su nacimiento no fue producto del azar: la imaginamos con nombre y apellido, tal cual es, un año antes de que naciera; y quiso el destino que naciera un 25 de marzo, día de
Raquelita creció con una ilusión incontenible, y puedo decir que hasta hoy no ha perdido su capacidad de asombro. En más de medio siglo de vida, no he visto ojos más expresivos, ojos que no saben guardar secretos, que transparentan sus sentimientos con una nitidez que deslumbra. Así la recuerdo desde muy niña hasta hoy que, desde hace varios años, sólo la veo en fotografías.
Raquelita siempre mira a la cámara por esa vieja costumbre de contarme sus sentimientos con los ojos. Y esos ojos no pueden mentir: transmiten amor, dicha, ilusión, como sus cartas, que también son dramáticamente expresivas, tanto en sus arrebatos de júbilo como en algunos momentos de desaliento.
No he dudado un instante en convencerme de que esa mirada dulce y llena de esperanza de Raquelita se debe al amor, no al amor a secas, sino al amor por David Carranza, un alma gemela que Dios puso en su camino. Por esas razones, esta es una carta de gratitud a Dios, a la vida, pero sobre todo a la familia Carranza Peco, que le ha brindado a Raquelita un hogar y un sitio al abrigo del fogón familiar.
Los Rocha, los Monroy, los Escóbar, somos una tribu con dos enseñas: el amor y la solidaridad. Cultivamos la pretensión de que nada humano nos sea ajeno. Somos ciudadanos de esta pequeña provincia boliviana del Planeta Tierra, con fuertes raíces americanas pero con una pizca de atributos del alma extremeña, como son la sencillez de corazón, el amor familiar y el menosprecio por los fuegos fatuos de este mundo.
La tribu de acá se siente muy honrada y feliz de incorporar a David a nuestras filas. El amor a la vida y al disfrute nos ha hecho apreciar, más que nada en el mundo, los dulces placeres de la mesa y de la cama, quizá los únicos verdaderamente humanos porque fundan la filosofía y la cultura, a diferencia de invenciones como el poder, la guerra, la gloria, la riqueza o el sentido de posesión, que expresan el lado oscuro del alma.
Para este servidor, cuya biografía podría reducirse a una constante crítica de la sazón pura, no hay nada más halagüeño ni motivo mayor de orgullo que aproximarse con amor paternal a un artista mayor de la cocina, como es David Carranza Peco, y darle un cariñoso abrazo de ultramar, que ya hubiera querido hacerlo personalmente, pero, ya se sabe que la olla del escritor tiene algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos, que consumen las tres partes de nuestra magra hacienda.
Con que mi hija hallara un hombre honrado para compartir su destino, ya me hubiera sentido feliz; pero si además es David, que adorna su vida con los secretos de ese arte mayor, la cocina, me hace sentir colmado de bendiciones. Como dijo el gran Julio Camba: Los pueblos tienen siempre los gobiernos y los restaurantes que se merecen.
Un detalle que no quiero olvidar: cuando dos personas se casan, en realidad unen sus vidas dos familias; si hay armonía entre ellas, seguramente habrá una conjunción estelar favorable para la felicidad de los novios. Con ese propósito, hoy, muy temprano, hemos alzado la primera copa de cava para enviar, de este lado del mundo, un beso de paz a Amelia, una calurosa felicitación a Raquelita y a David, y un abrazo a Simón, a los abuelos Juan y Mary, a Luis Miguel y Juan Pablo, a Carmen Pereira y Farruco, a Hanne Amado, a Paulita y Jorge, a Vivi, a Óscar Avilés, a los amigos de Madrid, a nuestra familia de ultramar.
Yolanda y Ramón; Ariel y Jimena, Manuel y Emma, Rosy, Camila y Ramoncito, Ale y Antü les decimos:
¡Salud! ¡Y que vivan los novios!
Labels: EN LA BODA DE RAQUEL Y DAVID

¡Alas para el 2008!
Esta mañana, una criatura alada me envió desde el cielo un sobre que entró por la ventana abierta de mi dormitorio. Tenía un sello postal extraño: era la vera imagen de Julio Cortázar, consagrada por el Consejo de Cronopios de una República nueva que se llama Harmonía Libertaria. Ya tuve noticias de este país maravilloso en harmonialibertaria.blogspot.com, que tod@s podríamos consultar con provecho. En fin, abrí el sobre y contenía la siguiente carta:
Queridísim@s:
Este año sentimos una comezón constante en los omoplatos. Al principio parecían dos picaduras que no nos dejaban dormir, que picaban, ardían, dolían y nos obligaban a pasar las yemas de los dedos en busca del origen de la comezón.
No sé si algun@ de nosotr@s fue al médico para averiguar el origen; yo sólo recuerdo que enfrenté dos espejos y al ver mi espalda me sorprendió ver que me crecían dos pequeñas astas de novillo, pero pobladas de un suave vellón como la pelusa de los pollitos o de los duraznos. Lo que al principio debió parecer un fenómeno aislado se convirtió en una especie de epidemia, en una mutación genética que nos arrastró a tod@s a una nueva realidad, a una nueva República cuyo símbolo mayor son las alas. Alas para volar, alas para imaginar, alas para huir, alas para encontrar, alas para amar, alas para reír, alas para ser iguales. Alas.
Apenas aprendimos a remontar vuelo, las cosas de este mundo nos parecieron tan pequeñas… particularmente, claro, las diferencias sociales, las discusiones políticas, los odios y rencores, las rupturas, los divorcios, la curiosa costumbre de llorar, la penosa costumbre de hacer sufrir, el absurdo sentimiento de la envidia, la compulsión por el trabajo, la avaricia disfrazada de eficiencia empresarial, la acumulación de riquezas, los celos, las ironías y sarcasmos, las palabras crueles, los sobreentendidos, los prejuicios, las indirectas, la lucha por el poder, el dinero, la gloria… Pero lo que nos pareció más pero más absurdo fue el acaparamiento de tierras. ¿Para qué disputarse decenas, centenas, miles, cientos de miles de hectáreas si ahora éramos dueños del cielo del Planeta? ¿Para qué si no hay forma de parcelar el cielo, de luchar por él como se lucha por una hectárea, por un metro cuadrado de tierra? ¡El cielo es propiedad comunitaria, pertenece a tod@s pero nadie se lo disputa!
Ya sabemos que las alas duelen cuando están creciendo, llegan con sangre, llegan con miedos e incertidumbre, como los sueños. Pero no soñar es malo. Como decía alguien y repetía Cortázar, hay que soñar, pero a condición de realizar minuciosamente nuestros sueños. Lo contrario es tener miedo a la libertad, pero nosotr@s, como decía el finado Alfredo Medrano, plata y miedo nunca vamos a tener. Vamos a soñar a pierna suelta, a tambor batiente. Vamos a dormir como las piedras cuando las bate el viento. Vamos a remontarnos de este mundo mezquino para seguir construyendo un mundo libre, sin hambre, sin niños tristes, sin seres codiciosos, sin astucias, sin triquiñuelas, sin chijchicas o xixicas. Para eso aprendimos a volar, para hacer fintas, sombreritos, caños, paredes, amagues, cachañas, tecniquitas y toda clase de suertes de ese oficio mayor y el más humano: el juego.