| Emma Villazón Richter - En un medio ha afirmado que el conocimiento de la vida de Sucre significó para usted una experiencia mística. Explíquenos sobre este acercamiento ... - Es cierto, me abrumó la nobleza y la enorme dimensión humana de este hombre, entonces desde que comencé la escritura de la obra decidí tratarlo como se merece. Recuerdo que una noche hice una ceremonia a solas, y encendí una vela frente al retrato que conseguí de él. Allí invoqué a su alma bendita para que me ayudara a reconstruir los episodios de su vida. Por eso, esta novela se inicia con una plegaria y luego se extiende en una larga meditación sobre la muerte. Porque ésta es una constante en toda mi obra, yo diría que me doy vuelta y la muerte está sentada acá. A partir de esta percepción, empezó a nacer un respeto místico por el personaje. Me gustaría agregar, en este sentido, el mismo mensaje que quiso transmitir la actriz Jeanne Moreau cuando dijo en una entrevista que ella se encarnaba en un personaje cuando se 'vestía como ese personaje'. En esa medida, no hice una hagiografía de Sucre como tampoco defendí en la obra a Andrés de Santa Cruz, a Casimiro Olañeta y a todos los personajes históricos, sino que procuré encarnarme en ellos y expresarme en sus grandezas y miserias. - ¿Cuáles fueron los momentos de la vida de Sucre que escogió para plasmarlos en la novela? - Lo primero que hice fue reflejar un triángulo dramático en el que describo las visitas que hacía la viuda de Sucre cuando ocultó su cadáver y desarrollo las conversaciones que ella tenía con su deudo. A partir de ese momento, ella reconstruye con su asistente en una cadena de flash backs hasta llegar al momento en que las cosas empezaron a salir mal, a identificar en qué momento se arruinó el sueño de Bolívar. Uno de los grandes indicios de la desgracia está en el motín de 18 de abril, cuando hirieron a Sucre en el brazo. Desde 1828, se llega al año más aciago de la unidad de América que es 1830, porque en ese año se juntaron grandes y malos momentos como el asesinato de Sucre, el derrumbe y la división de la Gran Colombia y la muerte del propio Bolívar. Es en ese recuento hacia el pasado el que hila la estructura de la novela. - Por lo tanto, imagino que se detiene en la independencia de Bolivia... - Sí, efectivamente describo esa etapa, aunque las biografías que he consultado sobre Sucre pasan el episodio de la fundación de la República con una larga elipsis, no se detienen en detalle en el drama que ha sido crear un país frente al acoso de Lima y Buenos Aires, que no querían en absoluto su independencia. - ¿Cómo aparece Sucre en su relato? - Es inevitable no ver a Sucre como un personaje que ha tenido una experiencia trágica, muy difícil, incluso en el amor debido a las intrigas políticas. Él era un hombre de Estado Mayor, un estratega y un matemático, pero jamás tuvo ambiciones políticas ni económicas, por lo que fue víctima de múltiples intrigas. Ya vemos esto en la Batalla de Junín, cuando no interviene el Mariscal, y empezamos a preguntarnos por qué no estuvo allí, si era el segundo hombre del ejército libertador. La intriga política hace que Bolívar le mande una orden infamante a Sucre para que fuera a cubrir la retarguardia, cuando esa función se encomendaba a un simple oficial. Otra historia en la que abundan las intrigas, es aquella en la que narro la difícil relación que tuvo el estratega con Andrés de Santa Cruz, ya que Sucre le criticó su actitud militar porque éste perdió 5.000 hombres en la batalla de Sora Sora, cuando pudo abreviar la guerra de la independencia en un año. Todos estos aspectos hacen que, de pronto, un intento literario sea también una obra polémica. - ¿Qué relación llegó a tener con el tataranieto de Sucre? En la solapa del libro se lo ve junto a él... - Gracias a una investigación genealógica que realicé en Sucre con la ayuda de la Sra. Delmira Zilveti, descubrí que a partir de Pedro César Sucre, nacido en 1828, hijo de Sucre y Manuela Rojas, se extiende una familia cuyo último descendiente en línea directa es Atilio de Sucre Rodo, un profesor muy modesto y respetado que vive en Punata y resulta ser tataranieto directo del Mariscal. En su pueblo, todos saben que tienen al hijo del héroe viviendo con ellos. Yo he tenido el honor de conversar con él muchas veces; todavía tengo pendiente la entrega de mi obra allí. - ¿Qué cree que ha sido lo que más ha ‘ficcionalizado’ en su obra? - Creo que el tema de la muerte y la relación con Mariana Carcelén, la viuda de Sucre. En muchas biografías esta mujer aparece muy maltratada porque cuando él muere, después de dos años de haber estado casados, ella no respeta este tiempo y se casa con un Edecán de su marido, que era un hombre valeroso pero un poco desconsiderado, porque finalmente terminó causando la muerte de Teresita, la hija de Sucre. Yo creo, entonces, que a estos personajes los he reconciliado de tal modo que no se guarden rencor. No nos olvidemos que ellos son espectros. - En la novela aparecen tres voces (la de Manuela, su asistente y Sucre) y además una cuarta más que lleva el nombre de ‘uno’, ¿Por qué decide usar esa última voz? -Porque esta novela es una obra conjetural, llena de hipótesis, de incertidumbres. Utilizo ‘uno’ porque representa a un ser vago, ambiguo, que refleja la percepción que tengo de la vida, uno sólo puede suponer las cosas que vive. ¿Qué sabemos de nosotros mismos? ¿Qué sabemos del amor o del futuro? Sólo podemos lanzar conjeturas, puras conjeturas que nunca vamos a confirmar.. - ¿Está trabajando en una próxima obra? - Me gustaría hacer otra obra histórica, probablemente sea la última, porque es muy agotador, pero ésta sería sobre José Santos Vargas, ‘El tambor Vargas’, famoso guerrillero de la Independencia. |