Qué solos se quedan los muertos
Puño y Letra, CORREO DEL SUR, Sucre, noviembre de 2006
| La última novela de Ramón Rocha Monroy está lista para lanzarse al mercado boliviano. Y no podía haber un lugar más indicado para presentar esta obra basada en la vida del Gran Mariscal de Ayacucho que Sucre, la ciudad que lleva su nombre y que guarda lo mejor de su memoria. A continuación, un diálogo con el escritor cochabambino acerca de la naturaleza de la memoria histórica, la narrativa, la muerte y la resurrección de las almas. |
Una vez terminada e impresa ¡Qué solos se quedan los muertos! ¿Cuál es la sensación que te queda al fial de este viaje?
RRM.- Fue un viaje de cuatro años, muy superior a mi capacidad y mis fuerzas. Pero si no publicaba, me quedaba otros cuatro años corrigiendo. Es un desafío superior trabajar un personaje de esta estatura, y me dejó exhausto.
¿Valió la pena? ¿Puede juzgar con objetividad el valor de su obra?
RRM.- Eso lo hará el lector y el crítico. A mí me es difícil abarcarla porque estoy demasiado cerca. Sin embargo, me interesa el tono de la meditación sobre la muerte y el haber tenido acceso a la documentación que me permite revisar la historia que nos contaron, tan esquemática y tan llena de caricaturas más que de personajes o, peor, procesos. Esos datos contenidos en la correspondencia de Sucre permiten revelar temas como: los entretelones de la famosa y secreta entrevista de Guayaquil, por la cual San Martín se retiró y Bolívar prosiguió su campaña del sur, que terminó con la fundación de Bolivia; la enemistad militar entre Sucre y Andrés de Santa Cruz, el dudoso perfil militar de éste (no obstante que también fue un gigante como estadista), la animadversión de Santa Cruz, que restauró el orden alterado por Bolívar y Sucre con medidas conservadoras, la increíble falta de una declaratoria oficial de duelo por el asesinato de Sucre en
-Desde la misma óptica de su explicación ¿Cuál es el aporte de la literatura a la construcción de la historia y visceversa? ¿Cuál es su relación? ¿Cuál la delgada línea que separa la ficción y la realidad?
RRM.- Yo creo que la literatura es útil para recrear la atmósfera y los personajes de una época pasada, ahorrándole al lector común el arduo trabajo de consultar fuentes. El París de Los Miserables es inolvidable en grado mayor que cualquier libro de historia de aquella época. Del mismo modo, las novelas de Balzac recrean una época mucho mejor que la historiografía de entonces.
-Novela e historia llegan a interactuar en un momento dado, como esencia del imaginario del hombre moderno. Estárá de acuerdo entonces en que el hombre necesita de imaginación para que la historia viva.
RRM.- No sólo la novela, pues el historiador debe conjeturar acerca de los vacíos que encuentra en las fuentes que consulta, pero incluso el científico avanza gracias a la imaginación. En el caso de la novela, como lo dije anteriormente, sirve para recrear épocas de nuestro pasado alejadas del lector común, que jamás tendrá tiempo para investigar. La recuperación de una atmósfera histórica es tan valiosa como el encuentro de un documento valioso. El Satiricón es tan o más valioso que las crónicas de Tito Livio o de Suetonio.
-La literatura humaniza de muchas formas la realidad, humaniza a los personajes de esa realidad, los reconstruye. Este Antonio José de Sucre de ¡Qué solos se quedan los muertos! ¿Que tan literario y que tan real puede ser?
RRM.- Real, nunca va a ser. El Antonio José de mi novela es conjetural, aunque la información tomada de su correspondencia es muy seria y polémica. Pero sus amores, sus temores, sus cavilaciones corresponden al eterno humano. Del mismo modo, la novela es también una larga meditación sobre la muerte. ¿Qué ocurre más allá de la muerte? Shakespeare ya se preguntaba: Morir, dormir, tal vez soñar... El cadáver de Sucre estuvo oculto durante 70 años en la iglesia del Carmen Bajo, de Quito, quizá por exceso de celo de la viuda, Mariana Carcelén, pero quizá también porque repite el mito del Cid Campeador, el Che, Evita o Marcelo Quiroga Santa Cruz, que aun muerto es peligroso para sus enemigos. En todo ese tiempo, ¿qué pasaba con esa alma? Esas conjeturas pueblan gran parte de la novela.
-El tiempo por supuesto ha cambiado la percepción que se tiene de Sucre. ¿Qué deberían rescatar de este personaje las generaciones actuales y futuras? ¿Qué cree que se rescata de lo humano de este personaje en su novela?
RRM.- Los bolivianos guardamos una memoria grata de este personaje conmovedoramente noble y leal en todos los procesos en que le tocó actuar, y magnánimo con sus peores enemigos, como fue el caso de Canterac, que mandó ejecutar al hermano de Sucre en Venezuela, no obstante que se hallaba malherido; y sin embargo recibió un trato digno de Sucre cuando Canterac capituló en Ayacucho. Entre los valores que habría que rescatar de Sucre están su falta de ambición política, su austeridad extrema en el manejo del patrimonio de
-Al final, se podría considerar esta como una historia de amor.¿Cómo trata el amor en esta novela? Como una esencia que no cambia con el tiempo, o es que por supuesto se toma con pinzas su evolución cultural y su circunstancia ¿Qué es lo que se queda y qué lo que se transforma de la idea del amor que tenemos en la actualidad?
RRM.- La historia de amor con Manuela Rojas es muy intensa. Manuela era hija del guerrillero de la independencia Manuel Rojas, quien con su hermano Ramón Rojas combatió en la brava caballería tarijeña del Moto Méndez. Probablemente eran sanlorenceños, como el Moto. Se la presentó a Sucre Casimiro Olañeta y hay autores que afirman que allá hubo un triángulo amoroso. El fruto de los amores de Antonio José y Manuela nació en junio de 1828, cuando Antonio José se reponía de la herida que le hicieron en el brazo durante el motín del 18 de abril. Se llamó Pedro César y fue llevado al bautismo por su ilustre padre. Cuando Sucre se fue, rumbo a la muerte, Manuela Rojas tuvo otro hijo de Casimiro Olañeta, y éste lo bautizó con el curioso nombre de Jano Tañelao. A sus 40 años, Manuela hizo su testamento, y en él declaró que tuvo 8 hijos, todos de soltera. Fue una mujer muy independiente para su época, y de esa familia descienden los Paz Estenssoro, los Paz Zamora, los Rojas Tardío de Cochabamba, Rosa Rojas, que fue la esposa de Melgarejo, y hay incluso parentesco con la esposa de Gregorio Pacheco. Un ilustre linaje. Pero sobre todo un linaje digno, porque Manuela jamás buscó recompensa para su padre o su tío guerrilleros. Conocí esos detalles gracias a un valioso estudio genealógico de la señora Elvira Zilvetti, a quien expreso mi gratitud.
-Es notorio que la dimensión humana de Manuela Rojas es casi la misma que la de Sucre en la perspectiva de esta obra.
RRM.- A tal punto que Manuela Rojas merece un estudio histórico que se remonte a sus padres, a los episodios que Manuel y Ramón Rojas vivieron durante la guerra de
-Cuál es el valor que le da al lanzamiento de su novela justamente aquí, en la ciudad que lleva el nombre del Mariscal, y además en
RRM.- Soñé con esa posibilidad desde que prendí la primera vela frente al retrato de Antonio José e invoqué su memoria, como atestiguo en la primera frase de la novela.